Una armónica y su sonido penetrantemente nostálgico. La vía férrea cortando el camino a la mitad, dividiendo, separando. Un paso y otro atrás. Una parada, una caída, una levantada. Un par de años. Casi un cuarto de siglo. Evolución, retroceso, producción y resbalón. Ir y venir. Transportarse y volver. Partir y regresar. De allí provenía y, hacia allí, no hacía otra cosa que dirigirse. Simple, concreto. Cotidiano, profundamente complejo. Así, cada una de esas líneas no significaba más que un retrato inverosímil de lo que su cerebro planificaba.
Una armónica y su sonido penetrantemente nostálgico. Cada una de tus canciones y la intervención de ese
instrumento no sólo llevaba a una fotografía, sino que daba movimiento. No era sólo aire expulsado, era mucho más. Era un encuentro, una mutación. Una transmutación. Un paso obligado a un nivel de abstracción
psicodélicamente
perfecto.
Sólo esa armónica, ni una más. Solamente esa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario