| Le pedíamos a Dios por cada partido, dábamos tres pasos de rayuela entrando al campo de juego. El centro. Una vista cómoda, segura. ¿Éramos otra cosa que un par de títeres comandados por esa tribuna? Ocurriere lo que ocurriere, prendieran fuego nuestros autos, sacudieran nuestras viviendas, amenazaran nuestra vida; debíamos pararnos de frente, ser gladiadores, levantar las manos y chocar palma con palma. La multiplicación de los aplausos empezó desde abajo elevándose a la altura, sacudiendo el aire y felicitando a la mafia. Ella, orgullosa y emocionada, se alienta y se canta al ver que la corrupción se aplaude de pie, firme y sin quejarse. |