5 mar 2013

Cuentos de cuna para personas de la tercera edad

Tu mundo y el mio se encontraban en mi patio todas las siestas. Siempre expectante te esperaba ahí. Seguía de cerca tus hermanas, pero podía sentir que ni una era como vos. En algunos días lluviosos intenté reemplazarte con alguna otra especie, algo que me entregara eso que solo vos sabías darme. Decidí vencerme, resignarme; deja de buscarte y alejarme.
Ciertos días te recordaba, pero subsanaba tu presencia con algunos libros y sus melodías.
Definitivamente no sé cómo, ni estoy segura de qué día. El verano comenzaba a alejarse y entre esos últimos días, con la mente concentrada en los extraños pensamientos de un judío físico reconocido, me senté a absorber los últimos rayos de sol pleno que surgieron desde el cielo tras mañanas, tardes y noches que Pedro había tapado con tintes grises.La cuestión es que, sin darme cuenta y sin buscarte, ahí te encontré. Perfecta, oscura y ausente como siempre. Tus patas aterrizaron cerca de la jarra de tereré que aún conservaba los restos de jugo de pomelo rosado.
Nos reencontramos. Ansiosa, astuta, voladora, trepadora. Te escondí en el fondo de mi alma, pero mi inconsciente siempre dejaba preparada la cámara. Allí estabas. Inmóvil, atenta, aleatoria. Te vi y surgió ese sentir nuevamente. A mi no me espantas. Mucho tiempo estuve pendiente de vos.¡Mosquita muerta! Te grité y me miraste. Con la palmeta en la mano te amenacé, te quedaste quieta para la foto porque sabías que era cuestión de vida o muerte. Posaste y posaste. Peroo... el dolor que me habías causado con tu ausencia prolongada resurgió en mi y ni tu vuelo apresurado que parecía adivinar su destino pudo salvarte: -¡Tomá, mosquita bien muerta!


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